lunes, 29 de enero de 2018

La resurrección del clítoris-Capítulo 8

Un cigarrillo tras otro. No puedo dejar de fumar como tampoco puedo dejar de mover mis piernas nerviosamente mientras estoy sentada en la cocina mordiendo mis palabras con la ilusión de deshacerlas por completo.
Otra vez recluida a la angustia del arrepentimiento.
Una discusión más con Paula y el ahogo de sentirme impotente ante la impulsividad de mis reclamos.
¿Cómo podremos vivir bajo un mismo techo siendo tan diferentes por momentos? Eso me recuerda a la incongruencia en el discurso de Paula cuando ayer mientras el sol asomaba sobre nuestras cabezas y la arena  nos mojaba los pies, ella  decía cuánto necesitaba de mi fuerza para hacer lo que más le gusta: música.
También dijo que nos parecíamos, que somos dos personas que van hacia una misma dirección y que es por eso que debemos permanecer juntas.
Pese a la auto- discriminación social y la consciente depresión que a veces se apodera de los momentos, hay una especie de esperanza que nos contiende durante las pocas noches que llegamos a rodeador nuestros cuerpos sobre el colchón y, entonces, esperamos a que el dulce sueño nos atrape. Porque desde que nos conocimos y comenzamos éste proyecto en el cual el único objetivo concreto es hacerle frente al mundo y a todos los prejuicios sociales, fueron pocas las veces que hemos podido llegar a observar la paz de la culminación del día.
Usualmente llenamos las horas discutiendo, amargadas por la incertidumbre del futuro. Totalmente agobiadas por éste bache de estancamiento al que las circunstancias económicas nos sometió. Sólo nos queda ver pasa el tiempo y apostar  por un nuevo mañana que se asiente sobre los cimientos de una estabilidad emocional que ninguna de las dos tenemos.
Pero... ¿cómo explicarle a Paula que yo no tengo fuerzas? Ya no me quedan fuerzas. He perdido toda la poca energía que aún conservaba el día antes de conocerla. Ese día que planeé mi muerte e incluso eso me salió mal.
Discutimos por el ruido. La música a todo volumen con la  cual Paula solía disfrutar cuando todavía vivía en casa de su madre y que no pudo traerla a convivir aquí conmigo porque al parecer yo necesito silencio. Hay tanto ruido en mi mente que el sólo hecho de escuchar un zumbido impartido desde los enormes auriculares que cubren la cabeza de Paula me resulta molesto. ¡Sí! soy insoportable. Mi madre solía decírmelo constantemente y a veces dudo que quizá lo mismo le sucedía Paula con la suya. Quizá esa es la única manera que encuentro para justificar la realidad que tanto me he estado negando. Busco dentro de su historia para que no me duela tanto sus frases sentenciosas y esa manera hiriente  a la que apela cuando se siente atacada: reducir mis acciones y englobarlas dentro de un estigma con el cual pueda simplificar mi persona y ponerle un nombre distinto: insoportable, enferma, depresiva, psicópata, suicida, egoísta, narcisista…
Probablemente no le convenga estar conmigo.
Ahora que las cosas quedaron expuestas y que Paula concluyó la discusión arrebatando todos los actos de verdadero amor y las palabras dulces que muchas veces he tenido para con ella, al simple hecho de que: estamos juntas porque yo no quiero quedarme sola.
Eso me dolió muchísimo. Me duelen sus palabras, su mirada de reojo y la agresividad que imparten sus gestos.
La comida está servida, y ahora que Paula ha decidido tomar las riendas de su vida muy a pesar de los obstáculos que pueda causarle el malestar de ambas, yo no tengo más nada que hacer. Porque estoy a punto de romperme en diez mil pedazos. Soy la mujer rota que vela por una caricia de sus manos porque en ella existe el amor que nunca antes había conocido.
Le serviré su almuerzo mientras trabaja en sus proyectos y le mentiré sobre mi estado anímico que terminó de declinarse en el preciso momento en el cual comenzamos a desconectarnos una de la otra. Porque no puedo ni tengo ganas de hacer nada si no estoy bien con ella. La mínima disputa me lleva a dormir un sueño profundo con el cual esperaré por un nuevo día. Tal vez una oportunidad de volver a sentir que todo estará bien y que me amará sin importar más nada.

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