lunes, 29 de enero de 2018

La resurrección del clítoris-Capítulo 30 FINAL

No me importa absolutamente nada. Ni las pelotudeces que se ha atrevido a decirme Paula, ni la cantidad de teorías que el mundo y sus particularidades  tienen para encasillar con subjetividad el malestar de aquellos que sufren circunstancialmente.
Porque todos tenemos un muerto en el placard y Paula es la menos indicada para venir a ponerse moralista al respecto luego de su turbio pasado de delirios místicos y un contagio emocional que mantuvo con su última pareja que padecía una fuerte esquizofrenia.
¡Sí!, estoy enojada con Paula debido a la reunión que preparó cuidadosamente como si se tratara de una intervención concerniente a un maldito adicto.
Se encargó de comunicarse con mi padre y con descaro esperó a que volviera de mis clases de yoga para explayar su descaro.
 Al parecer se tomó el día en el restaurant para armar todo el circo, ya que usualmente a la hora que vuelvo de trabajar ella está en su turno vespertino. Pero es evidente que cuando el compromiso se hace demasiado pretencioso desde la óptica de personas que poco se han comprometido a compartir los malos momentos ajenos, el malestar se convierte en un pedido de auxilio desde el máximo esplendor de individualismo.
Cualquier tipo de intervención de éste estilo, juro no es pertinente bajo ningún tipo de circunstancia, incluso a pesar de mi depresión. Ejerce el efecto opuesto, y yo estoy aquí sentada escribiendo sobre ello porque es necesario que la otra voz se haga presente. Emane desde los poros de mi piel despedaza y a punto de reivindicarse con un grito de deshago que desde el accionar está pronto a ser propagado.
Al llegar abrí la puerta con un cigarrillo entre mis labios, y  que al ver a mi padre y a Paula, sentados en el sillón de mi departamento mirándome fijamente, se cayó precipitadamente sobre la alfombra de entrada. Mi reacción fue quedarme unos instantes parada sin entender qué era lo que exactamente estaba sucediendo allí. Pero fue en ese preciso momento en que Paula gritó desde el sillón:
-¡Martina se va a incendiar la alfombra!, ¿No te das cuenta de que se te cayó el cigarrillo de la boca?-
Sin responder a su insolente e humillante pregunta me arrodillé sin apartar mis ojos de los de Paula y con un gran escupitajo apagué la braza del cigarrillo como si poco importara algo de lo que pudiera suceder luego.
Me arrimé  con pasos desganados hacia el living y encendiéndome otro cigarrillo pregunté con sarcasmo:
-¿Pasó algo? ¿Se murió alguien?-
- No exactamente-contestó mi padre-
-¿Entonces para qué viniste?- e inmediatamente sin dejarlo responder, proseguí- El depósito de éste mes me llegó asique no entiendo porque estás acá si nunca en la puta vida te interesaste por mí… Aparte creí que habíamos acordado que no yo molestaría más con llamadas desesperadas cuando necesitara tu ayuda ya que tanto te joden mis problemas…-
Paula intentó, con una de sus estrategias siempre tan intrincadas, bajar el nivel de tensión que mi honestidad  estaba causando:
-¿Por qué mejor no tomamos algún cafecito para relajarnos un poco?-
A lo que de manera irónica respondí:
-Yo prefiero una medida de whisky sin hielo…me sirve más que el café para relajarme. Aparte, si bien tengo entendido, el café es un estimulante del sistema nervioso…-
Paula quedó sin respuestas mientras mi padre suspiró largo y tendido sobre la impotencia de haber criado una hija tan patéticamente infantil.
Me quedé observando la situación unos segundos y luego de poner en el tapete mental cada uno de los pros y las contras de mantener a éstas personas en mi vida, busqué las llaves entre los bolsillos de la campera que aún mantenía puesta y me limité a decir:
-Paula: te agradezco de manera irónica tu intromisión en el tema y, por sobre todo, el lavado de cerebro que te has encargado de hacernos a todos éstos meses para sacar provecho del dinero de mi familia. Pero… ¿Sabés qué? Ya no tengo nada bueno para darte porque es evidente que vos tampoco querés comprometerte en ese nivel de intercambio desde la reciprocidad. De modo que mientras ustedes se toman el cafecito yo me voy por ahí a tomar mi medida de whisky y cuando vuelva a mi departamento quiero que hayas desaparecido de mi vida para siempre. Y con respecto a vos viejo, si realmente querés ayudarme, seguí haciendo los depósitos mensuales y tu amor será muy bienvenido.
Sin esperar respuesta me dirigí a la puerta y  fui suspirando sobre un eterno alivio de saberme tan patética pero, finamente, feliz conmigo misma.


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