lunes, 29 de enero de 2018

La resurrección del clítoris-Capítulo 27

Estoy harta de sentirme tan malditamente insegura en ésta relación. Paula parece no reaccionar ante mis pedidos de afecto. No me registra ni le importa lo que ocurre aquí adentro, en mi hogar. En éste frío refugio de sumisión al que decidí adaptarme. Los días se traducen en mentiras y, desde ahí, una necesidad de autoconvencimiento que aletargan la partida. La partida de Paula o la mía.
Paula se ha convertido en un autómata. Sólo dice lo justo y necesario para poder continuar con ésta fachada que impuso con la única convicción de progresar económicamente a costillas de personas ajenas a ella. A diferencia de mi actitud ante ésta realidad que se presenta con migajas de dinero que sustituyen la falta de ganas por dar afecto, Paula no acepta ni es capaz de ponerle un nombre a ésta ayuda que mi familia nos brinda a conciencia. Nos subestima y me subestima. Es demasiado orgullosa para dar el brazo a torcer y definir la realidad que vivimos desde la necesidad real de mantenernos un tiempo considerable como “mantenidas”. Yo ya no siento culpa porque aprendí que si me permitiese llenarme de esos sentimientos me reduciría a convertirme en un ser aún más resentido de lo que soy.
No acepta, tampoco, la ayuda de su familia pero negando nuestra evidente situación, actúa con disimulo y desenfado ante la obviedad de que ella también está viviendo del dinero de mi familia. Sólo ha tranzado con su orgullo para alejarse de una asfixiante estructura familiar y desplegando la astucia inconsciente ha sabido establecer una estrategia para depender de la mía. Mi estructura familiar que yo también rechazo pero que me he resignado a saberme dependiente por puro beneficio. Después de todo ese es el pacto silencio que establecimos con los míos.
Es por eso que actúa con ceguera ante mis reclamos por hacer pública ésta oportunidad a la cual en éste momento estamos inmersas, al menos  hasta que logremos obtener lo que queremos: ser profesionales.
La rutina a la cual se ha adecuado es perversa, cruel y no tiene nada que ver con todas esas teorías sobre las cuales se ha explayado tantas veces desde esos interminables discursos embriagados de sábados a medianoche.
Sale de temprano a trabajar en el restaurant y no llega a casa hasta pasadas las once, cuando la comida ya está servida y pocas ganas le quedan para hacer el amor o compartir unas cuantas palabras a las que luego podamos llamarla “comunicación”, sólo para entonces, no sentirnos tan desarraigadas una de la otra.
Ya no atiende mis mensajes de texto.
Ya no comparte lo que en algún momento trazamos sobre nuestro destino como una “proyecto de a dos”.
Ya no nos une nada…
Es por eso que he decidido trabajar sobre mi autoestima para poder desplegarme desde esa base y vaciarme del amor que le tengo hasta que me sienta lista para emprender el tan esperando “adiós”.
Tal vez ya no le deje más cartitas motivantes pegadas en las paredes. No habrá mensajes comunicándole en donde estoy o preguntando si necesita algo para simplificar su rutina.
Estoy muy cansada, y sé que es momento de implementar mís teorías de venganza.
Sólo hoy me he dado cuenta de que al conocer a Paula he repetido la historia que tuve con mi madre: el abandono.
Es momento de devolver lo que he recibido.

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