lunes, 29 de enero de 2018

La resurrección del clítoris-Capítulo 26

Las cosas no han cambiado mucho desde la última vez en la que decidí hacerle frente a la incomodidad que Paula demuestra sentir hacia mis actitudes. De hecho, podría decir sin tapujos que me  mantuve inquieta mentalmente, totalmente abstraída de la realidad porque en un algún momento de poca lucidez consideré que aquella era la mejor opción: evadirme. Pasé noches enteras embriagando mis pensamientos en whisky mientras Paula dormía.
Los últimos cinco días se han reducido a establecer una relación estrecha entre el desconsuelo que me produce saberme tan cerca del final. Es por eso que opté por el silencio inmaculado que tantas promesas ilusorias me brinda. El dolor generé una nueva forma de abordar la rutina. Durante los días la palidez de éste amanecer amarillento e inestablemente otoñal me la pasé acurrucada sobre la cama esperando a que Paula regresara de trabajar, sólo para emprender una gran actuación en a que he tratado de mostrarme emocionalmente en paz rogando por sentir una vez más las manos de Paula sobre mi piel. Pero nada de ello sucedió. Todas las noches lo mismo: su cuerpo tan cerca del mío ahogándose con el mismo suspiro que denotaba una exceso de hastío hacia mi presencia para luego desfallecer incansablemente sobre un profundo sueño que me permitía ir a hurtallidas hacia la cocina, abrazarme a la botella de whisky hasta que el  reloj marcase las 5.am y volver a la cama como si mi cuerpo no se hubiera movido de ese lugar tan patética que ahora me toca ocupar. Y todo aquello… ¿para qué?...Para no decir ni dejar documentado en ningún lugar lo que verdaderamente odio de todo esto.

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