lunes, 29 de enero de 2018

La resurrección del clítoris-Capítulo 22

Al parecer mi estado alcoholizado fue producto de unas cuantas represiones de sentimiento egoístas que no se manifestaron ésta vez por los celos. Pero luego de semejante angustia decidí que mantener firme frente al autocomplacimiento era lo que podría llegar a mantener medianamente estable mi enfermiza autoestima. Es por eso que me mantuve alerta a cada una de las acciones de Paula, luego de una extensa discusión fundamentadas desde la irracionalidad. Nada más patético que la inseguridad de una novia celosa, y Paula no tiene ningún tipo de pruritos al echármelo en cara, ya que según las interpretaciones que hace de mis movimientos se reducen a que todo lo que sucede es puramente mi responsabilidad.
Sin más que argumentar a una batalla que ésta vez fue gana por Paula, no me quedó otra opción que mantener mi impulsividad bajo control. Me sostuve sobre la posibilidad de que en cualquier momento todo se iría al carajo. No había mucho más que asociar porque todo estaba a la vista: sus bolsos preparados para irse lejos, muy lejos de mí.
Pero durante unas cuantas semanas las cosas se establecieron y desde ese presente el futuro dejó de visualizarse sombrío como así ella lo imagina. Eso nos mantuvo haciendo el amor todos los días porque la armonía permaneció el suficiente tiempo como para no estancarnos dentro de las ansiedades de lo que pudiera suceder.
Pero la última semana en la cual Paula retomó su carrera de música las situación comenzó a cambiar de una manera que traspasaba mi entendimiento. Días anteriores ella parecía lo suficientemente relajada como para no hacerse problema de la falta de plata o de la hermosa, pero efímera manera que nos propusimos de vivir profundamente el momento sin importar las consecuencias. Pero como suele suceder en las relaciones desiguales marcadas por una economía inestable y una cantidad de prejuicios y resentimientos, la estructura de la mentira que imparte la realidad social se posó sobre el cerebro ahuecado de Paula. Eso no pudo significar otra cosa que una constante sensación de hastío y de discursos existencialistas en los cuales, por un momento se definía como una persona totalmente desapegada del concepto de progreso, para luego deshacerlo por completo con una obsesión que ni ella puede justificar desde la lógica. Porque desde que acordamos a compartir gastos y ella se mostraba conforme con la situación ambas creímos que era el camino que, al menos, en éste momento deberías seguir estratégicamente.
Pero algo sucedió. Un día se despertó con una cosmovisión que le licuó el cerebro y ahora pretende arruinarlo todo con tonterías que ambas sabemos que no tenemos por qué preocuparnos.
¡Sí tan solo Paula entendiera que no es necesaria tanta preocupación desde lo monetario, tal vez se daría el permiso de aprovechar las situaciones que la vida le está brindando!
¡Si tan sólo Paula pudiera dejar el orgullo de lado, no le dolería tanto que el Gobierno subvenciones nuestros estudios mientras los retrógrados de nuestros padres sigan apostando en nosotras dándonos la mano que merecemos. Después de todo el rechazo de un padre a un hijo se paga y yo estoy dispuesta a aprovecharme lo más posible de esa situación!
Pero mucho antes de adivinar aquello me había quedado tranquila por en varias ocasiones le pregunté si se sentía triste porque el lujoso restorán en donde solía trabajar no le habían renovado el contrato. Su respuesta confirmó que estábamos en la misma sintonía y eso me tranquilizó. Ese mismo día se fue al cumpleaños de una amiga de la ex novia. Estaba entusiasmada. Yo mantuve mi calma porque hasta ese punto lo único que me interesaba era verla feliz, luego de tanta porquerías que se había tenido que aguantar de mi parte.
Me fui contenta  a dar clases sabiendo  que las cosas finalmente estaban funcionando entre nosotras, pero al regresar su semblante no era el mismo. Me contó que se sentía un poco mareada por las cerveza que habían estado consumiendo y pese a ese cambio tan radical para conmigo seguí siendo yo misma, acercándome a besarla para aliviarle el dolor. Pero al sentarme sobre sus piernas y acercar mis labios hacia los suyos me dio vuelta la cara diciéndome: “tenés feo aliento”. Luego de aquello que dejé pasar le comenté que había dejado mi celular en el Instituto donde doy clases, pero nuevamente la respuesta normal dentro de una convivencia no estuvo del todo apropiada:

-¿No crees que deberías estar más atenta a cada cosa que hacés? Estás todo el tiempo perdiendo cosas- su tono fue acompañado de una mirada penetrante como si de un reto paternal se tratara.

Me fui corriendo hacia el Instituto y finalmente lo encontré. Apresuré el rumbo para llegar a tiempo y poder compartir unos mates con ella antes de que entrase a cursar. Pero al cruzar la puerta del departamento la actitud de Paula seguía siendo la misma.
Le pregunté si le pasaba algo y me contestó de mala manera que no le hiciera más preguntas, que se sentía bien.
Pero yo sabía que las cosas no estaban bien, fue por eso que durante las horas que Paula no estuvo en casa aproveché para adelantar mis actividades pendientes lo más antes posible, preparar la clase para el día siguiente y hacer una rica polenta para esperarla con la comida hecha.
Eso me hizo pensar que desde nuestra última pelea esas cosas que una hacía por la otra para simplificarnos la vida cuando estamos con el tiempo al límite, ya no estaban sucediendo de parte de Paula.
Meses atrás solíamos desayunar juntas, pero desde las sentenciosas palabras de Paula en forma de ultimátum parecen haber cambiado todas las actitudes que me enamoraron de ella.
Pero por alguna razón esa noche hicimos el amor y dormimos abrazadas.
A la mañana siguiente, y como las últimas semanas, Paula se quedaba en la cama hasta el mediodía y cuando yo llegaba hambrienta no había nada preparado para almorzar. Aquello fue una alarma para empezar a poner las cartas sobre la mesa. Una mañana me desperté y le escribí una carta cuidadosamente queriendo hacerle entender que no era un reclamo ni un planteo de los cuales tanto me reprocha. Simplemente quise expresarle mi malestar acerca de una observación que temía que se tratara de un agobio que ella siente por seguir dentro de ésta relación. Pero la carta no surtió el efecto simplista al que quise llegar. Hoy al mediodía me mostró lo ofendida que se sentía acerca de lo que ella interpretó de mi carta como una manipulación condicionada por ciertas palabras que utilicé para no herir el orgullo de Paula cuando cualquier cosa que uno le exprese desde el asombro lo toma como un ataque. Me mostró la carta analizada y marcada con un resaltador y palabras al costado de cada margen de las dos hojas que le escribí. Me tildó de psicópata, y luego de tanta palabrería volvió a amenazar con irse porque según ella yo no entiendo los problemas laborales que tiene y que su expresión últimamente tan exasperante se debía al malestar por no tener un trabajo estable y estar sin plata. A veces considero que está demasiado pendiente de querer demostrarle a su familia que ella puede solventar sus gastos por ella misma. Ese maldito orgullo que debería convertirse en resentimiento, porque es la única forma de llegar a vivir de manera cómoda.
Ella me tilda de infantil, inmadura, pero yo sólo pienso que la única que está actuando como una boluda es ella. Y me da mucha lástima.

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