lunes, 29 de enero de 2018

La resurrección del clítoris-Capítulo 17

Un viaje tormentoso. Juro que no puedo seguir manteniéndome dentro de este sube y baja de emociones. Es demasiado absurdo para mí. Pero si no es Paula es la muerte… ¿Por qué todo se volvió tan extremo?
Desde la gran borrachera a la que me he sometido la última noche que pasamos lejos de ésta odiosa ciudad, no he querido hacer el amor con Paula. Las imágenes de los golpes, el sonido de los insultos y la sensación del suelo traspirado sobre mi espalda mientras Paula lanzaba con la fuerza de su pie patadas sobre mis costillas, es algo que ha atormentado mi mente y no puedo detenerla. ¿Ha llegado el final? ¿Es esta la última sensación  que vivenciaré a su lado? Tengo tanta desconfianza… Si de algo me ha servido el apoyo emocional que me ha brindado Paula durante éstos nueve meses, se ha esfumado con cada una de las violentas peleas a las que nos hemos sometido. Nos sometimos al alcohol, a la constante persecución de la invasión de un mundo externo al nuestro, y, por sobre todas las cosas, nos hemos sometido a la ira reprimida del pasado individual de cada una. Sé que no es recomendable para mi salud mental o lo poco que queda de ella un amor con éstas características…, pero no veo salida desde éste pozo donde vengo sumergida hace tres años desde que mi madre ha muerto.
Sólo quisiera poder encontrar la paz al lado de una persona estable que pueda trasmitirme la seguridad que tanto he necesitado desde que era una niña. La respuesta no está en la ausencia o la presencia de Paula, sino en las condiciones en las que su amor es tangible en los momentos de furia. En mis momentos de furia. Tal vez, en algún pasado no tan remoto he considerado la posibilidad de que el agotamiento de la ira se disolvería al revivir ese último momento que he vivido con mi madre: la violencia. Pero ese no es el camino, hoy puedo verlo de manera nítida, clara que me asusta y me ennegrece la mirada cada vez que recurro a los ojos de Paula buscando la calma. Quisiera poder morir o encerrarme en ese castillo donde yacen los muertos vivos a los que socialmente denominamos: locos. Quizá el neuropsiquíatrico sea una opción parecida al suicidio consciente del que tanto hablan los psicólogos. Porque otra semana comienza y estoy sin fuerzas. La alegría se evapora de manera tan fugaz que me asusta el futuro.
Paula se fue a hacer presencia a la casa de un familiar hoy en días de Pascua. Sé que mi familia no ha llamado porque internalizaron la idea de que mi actual familia es Paula, es por eso que no es importante la falta de un llamado o un mensaje de texto de ellos en mi celular. Estoy segura pensándolo de ese modo incluso si sé que es un pensamiento que con astucia mi mente genera para adormecer el dolor.
Soy posesiva y no sé si podré dejar de serlo con tanta mugre que hemos juntado éstos meses de agresividad con Paula.
Ya pasaron casi dos horas desde que Paula se fue y tengo miedo de que pretenda matar ésta relación con ciertos comportamientos suicidas de los que es consciente que tanto le temo. La droga, la reinserción o cualquier actitud lo suficientemente extrema para abandonarme por completo.



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