lunes, 29 de enero de 2018

La resurrección del clítoris-Capítulo 14

El anuncio de ciertas derrotas puede ser impredecible cuando las manifestaciones de ciertos hechos se convierten en una mísera especulación de la realidad.
Un día más ha pasado. Hoy, ya es viernes y el fin de semana, ahora que el verano ya es historia  y la rutina nos atormenta con incertidumbre de lo que puede llegar a suceder; suelo experimentar que los fines de semana son demasiado cortos. Se esparcen por sí solo dentro de un cúmulo de conversaciones e interpretaciones sobre sucesos que, al menos desde mi perspectiva, son oportunidades para crecer. Evolucionar como pareja.
Esta noche apelamos al diálogo. Tal vez porque la madrugada pasada, luego del congelamiento de ciertas emociones que habían quedado suspendidas a favor del enojo después de una absurda pelea, hicimos el amor.
Durante la mañana, como suele suceder éstos nuevos días colmados de horarios, Paula se levantó sin tener porque hacerlo, a prepararme el desayuno. Actualmente tiene algunos días librados a la dulce espera de cierta propuesta laboral que parece nunca concretarse; de cualquier manera, siempre está dispuesta a hacerme el desayuno y compartir algunos minutos conmigo. Los besos suelen consumirse al compás del humo de nuestros cigarrillos matutinos. Ya no hay dulce sobre las galletitas de agua porque la heladera se rompió hace un par de semanas, lo que significa que todo lo que consumimos está destinado a ser ingerido lo más rápido posible. Con cautela, pese a los inconvenientes que no dejan de adornar éste proyecto de convivencia, tratamos de reírnos de todo aquello de lo cual no podemos encargarnos de manera urgente.
¿Podría decirse que el amor renació o que la reencarnación del odio trasgredió los márgenes de su lengua posándose suavemente sobre la humedad de mi clítoris?
A veces tengo esperanzas y sólo  me limito a posicionarme dentro de los márgenes de la positividad y considero la posibilidad de que tal vez todo esto que generalmente amenaza con destruirlo todo, se reduce a un síntoma de alarma. Quizá sólo piense demasiado. Tal vez ese sea el problema en cuestión…
De todas formas no puedo olvidarme del pasado. No, al menos, del pasado inmediato en donde con lágrimas de furia creí que nunca conocería a la familia de Paula.
Sus brazos se entrometieron dentro de mi ropa interior y la dulzura de sus manos empapó mis piernas. Fue justo allí donde renació nuevamente la oportunidad que tanto había esperado: sentirme amada por Paula.
Como todos los mediodías volví de dar clases muy acelerada, pero en éste día un tanto más especial que los que usualmente nos toca vivir, creo que movilizó a Paula a pensar que no sería del todo oportuno cargar con semejante acumulación de tensión e ir a una reunión familiar.
Conozco mi verborragia y no subestimo mi poder de adaptación más allá de que al fin y al cabo todo termine tratándose de una humilde actuación. Es por eso que ajuste mi cinturón de seguridad emocional para esos casos de extremo peligro; tomé algunos calmantes con una medida de whisky y unas cuantas pastillas de menta para no causar una mala impresión de entrada.
La mirada de desaprobación de Paula fue suficiente para crear de esa situación un aprendizaje nuevo: la próxima vez que tenga que pasar por una circunstancia similar haré todo mi ritual a escondidas. Fin del primer acto.
El almuerzo fue un desastre. Debo aclarar, principalmente sobre la mala relación que tiene Paula con su familia, y el silencio que mantuvo durante toda la reunión fue justo lo que necesitaba para comprobarlo. Pero, más allá del historial o la individualidad de Paula, puedo decir con certeza que ahora que conozco a cada uno de los personajes de lo que estuvo hablando durante todo éste tiempo, la entiendo más que antes.
La primera escena fue terrorífica: padre y madre sentados en sus respectivos lugares de autoridad: cada uno al extremo de la mesa.
No probamos bocado hasta que la madre de Paula terminó con el interrogatorio usual que suelen ocurrir cuando un desconocido está invadiendo la estructura familiar. Pero la fortuna estaba de mi lado, con esto me refiero a que cada respuesta que salía de mi boca estaba muy bien fermentada con un buen vino de esos que rara vez mi sucio paladar se puede dar el mérito de degustar.
La comida un horror, o si esa podría ser la definición de aquellos  platos adornados de verduras y legumbres con una pequeña porción de carne blanca cuidadosamente no transgénicas. Es por eso que apuré el rumbo sirviéndome cada dos bocados un poco más de vino sobre esas hermosas copas de cristal. Hasta el momento no sabía que la familia de Paula podía llegar a tener tanto dinero cuando sus discursos habituales son siempre favorables a favor de la clase trabajadora. Pero calculo que Paula encaja perfectamente dentro del cliché de los hijos odiados por nacer en donde la naturaleza por mera casualidad y bienaventuranza fueron nacidos.
Todo fue tan angustiosamente aburrido que cada minuto que pasaba entendí un poco más el agobio mental de Paula. Su silencio formaba parte de una especie de rol previamente incorporado al que parece que toda su vida tuvo que acostumbrarse.  A diferencia de Paula, yo hablé constantemente sobre política, religión y mis gustos personales más íntimos: las mujeres. Incomodé a todos los presentes con mi actitud de borracha reventada pero siempre con la frente en alto para evitar que se me cayera la careta de omnipotencia ya que los calmantes y el alcohol comenzaban a hacer efecto.
Creo haber sido lo suficientemente explícita al reivindicar mi postura acerca del lesbianismo como una forma de vida que Paula y yo habíamos decidido llevar a cabo, porque surtió el efecto esperado: nos echaron como perros de su casa.
Pero la estrategia por evitar otra de esas malditas reuniones familiares no terminó en la puerta de la ex casa de Paula, sino que mi actuación continuó  cuando premeditadamente al arrimarme para darle un beso en la mejilla a mi futura suegra, no titubeé en meterme los dedos hasta la garganta y vomitarle el chal de seda fina con el cual estuvo presumiendo gran parte del almuerzo.
Nos despedimos sabiendo que aquél sería el fin. El fin y el último acto.



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