lunes, 29 de enero de 2018

La resurrección del clítoris-Capítulo 13

Estuvimos por separarnos millones de veces. Me pregunto si ésta será la definitiva. Por momento el amor nos rodea. La pasión nos dibuja ilusiones de las cual nos alimentamos y creemos poder llevar a cabo la convivencia. Pero no deja de ser difícil. Ella inhala sobre mi cuerpo la sustancia hormonal que tanto reivindica nuestras decisiones más íntimas. Toma todo lo que tengo para ofrecer de bueno y lo demás lo acumula guardándolo en silencio para echármelo en cara la próxima batalla. Porque, lamentablemente, siempre hay un segundo o un tercer round. La energía se disuelve rápidamente. Parecemos esas luces de colores que en tiempos de prosperidad los niños mecen en sus manos mientras sus bocas pronuncian villancicos rogando con fervor que los colores brillantes no se apaguen repentinamente. Ahora que lo pienso, resulta absurda la analogía. Tal vez ni a eso se asemeja éste amor…
No se me ocurren más palabras…Creo que Paula lo definió muy bien cuando con desenfado me dijo: “sos como una droga para mí…, a veces me haces sentir tan bien pero siempre sé que el bajón me espera cuando el efecto consuma mi cuerpo.”
Yo no quería todo esto. Con la mayor honestidad que pueda una persona expresar lo que siente, debo decir que mis intenciones siempre fueron buenas. En la apacible sensación de calma que pocas veces logro concretar, he soñado con un futuro en armonía. En algún momento hasta he confiado en que  progresivamente y mientras el tiempo fuera acumulándose ésta relación mejoraría. Pero nada de eso ocurrió. Al menos así es como yo lo veo…
A pesar de la depresión que trae la bronca de los malentendidos, las disputas y cada frase mal pronunciada tan sólo porque insistir en herirnos, yo amo a Paula. La quiero a mi lado muy a pesar de lo que ella pueda estar pensando en éste momento. Sé que finge. Se le nota aunque intente disimularlo. Finge cuando me repite a lo oído que me ama…, que quiere estar conmigo para siempre…. Finge porque probablemente es más fácil para ella olvidarse de lo que reamente estuvo sucediéndonos éstos últimos meses. A veces la observo tan tensa y a la defensiva que temo en decir lo que sea que tenga para decirle. Ya no se puede dialogar. La calma se esfumo lejos de casa hace tiempo…
Añoro los primeros besos. Aquellos primeros encuentros en donde todo era nuevo y justamente por eso nos teníamos respeto. Su resentimiento y mi egocentrismo parecen haber mutilado nuestras palabras. Y algo adentro mío me dice que ya nunca más volveremos a ser quienes éramos…
No puedo negar la motivación de ambas por comportarnos de manera acorde a lo que la vida nos ofrece: un departamento que no tenemos que alquilar, y algo de plata que conseguimos con algún que otro trabajo. Otras veces la ayuda económica de esas pocas personas que nos rodean apiadándose de nosotras.
Pero cuando discutimos la mierda emerge. No encontramos salida ni siquiera rememorando los buenos momentos. Padecemos de amnesia temporaria y no hay nada ni nadie que pueda salvarnos del daño irreparable que pretendemos hacernos.
Hoy, que Paula pudo estar todo el día en casa esperando por algún llamado que solicite de su persona para trabajar en donde sea y de lo que sea, sólo se limitó a mimarme como pocas personas lo han hecho. Me sentí feliz y amada, muy a pesar de mis vertiginosos horarios y la lluvia que me había empapado de pies a cabeza cuando volví en bicicleta de dar clases.
Sólo tenía una hora para almorzar y darle las gracias por semejante agasajo. La pasamos muy bien. Me sentí cuidada y Paula se sintió útil. Me mostró algunas canciones nuevas en las que había estado trabajando durante la mañana y parecía conforme. Pero la tormenta no demoró en darle un giro repentino  a la situación. Porque mi impulsividad ganó terreno y a veces me cuesta no evitar el enojo cuando las cosas se dificultan. Creo que levanté el tono de mi voz en el apuro al volver a casa tal vez porque estaba cansada de tanto pedalear. Tal vez porque las piernas me temblaron cuando en el medio de la clase el equipo de música dejó de funcionar. Quizá sólo fueron los nervios por mis malditas y constantes dudas. Mi terrible y agobiante inseguridad.
Aun así ni bien llegué al Instituto de Yoga le envié un mensaje que decía: “Amor gracias por ser tan buena novia y por comprenderme y ayudarme en todo. Me tranquilizas con tu silencio cada vez que me abatato porque las cosas me salen mal.”
Volví lo más rápido que pude. Antes de pasar por la panadería para sorprenderla con algo rico para merendar, pasé por un Instituto de Teatro en donde hace tiempo quiero comenzar a estudiar actuación. El lugar me entusiasma porque creo que es lo que necesito para descargar todo ésta energía negativa que tantas veces me desborda. El taller dura tres años y es económico; calculo que esa fue la razón principal por la cual me pusieron en lista de espera: ya no había más cupo. Aquello me generó aún más ansiedad de la que venía arrastrando desde que el apuro se sobrevino y me tentó con llevarme lejos de mi centro.
Tenía la bolsita de facturas sobre uno de los manubrios de la bicicleta, mientras que con una mano sostenía un cigarrillo que masticaba con bronca.
Al llegar a la puerta del edificio sufrí una especie de paranoia porque vi estacionada la camioneta del dueño del departamento de abajo, al cual le debo veinte mil pesos con los que tengo reparar el baño para que su techo deje de lloverle. Entré lo más rápido que pude y subí exaltada las escaleras que me llevaron hasta la puerta del departamento. Paula estaba sentada frente a la computadora con la puerta abierta del balcón que da hacia la calle. Antes de saludarla de la manera dulce y compasiva con la cual se supone que uno debe tratar al amor de su vida, sólo me limité a decir: “¿Por qué tenés las ventanas abiertas? Acá se ventila una vez al día nada más”
La cara de Paula cambió radicalmente: “Abrí porque no quería que sintieras tanto olor a cigarrillo cuando volvieras”.
Pero probablemente mi persecuta no me dejó obrar de la manera correcta, porque enseguida fui al baño a corroborar que la mochila de agua del baño estuviera bien trabada con una percha que pusimos cuidadosamente para que dejara de perder tanta agua. Pero nada estaba en su lugar. Sin elevar mi tono de voz, lo cual no significa que no mis palabras fueran las adecuadas, le marqué aquello. Y aún después de darle mis explicaciones Paula insistió en que debía hablarle de otra manera, que se sentía maltratada.
Aun así, y al ver la bolsa de facturas sobra la mesa, Paula puso el agua a hervir y me preguntó cómo me había ido en la clase. Hablamos más tranquilas, pero yo sé muy bien que la soberbia de la ira me brotaba por los poros.
Me contó que había estado usando mi notebook, o lo que yo mejor denomino como: “mi herramienta de trabajo” para grabar una canción que había compuesta esas horas que estuvo fuera. La escuchamos y el cuerpo me estremeció de admiración porque es notable como ésta vida del carajo nos está ayudando, de alguna manera a producir cosas positivas. Paula  tiene mucho talento y eso me excita. Tomé su mano y la llevé hacia una de las piezas. Nos estuvimos besando durante un largo rato. Luego me preguntó:

-¿Vas a ir a teatro hoy al final?-

Yo le contesté que había intentado anotarme en el Instituto más económico de la ciudad y que el único que la única opción que me quedaba era la de probar en aquél otro taller que salía un poco más caro, y que me quedaba lejos para volverme tan tarde en bicicleta.
Creo que la respuesta no le convenció. A veces no sé si teme por mi seguridad o es que no me ve del todo convencida en mis proyectos. Si tengo que ser sincera, mi único temor es no hacerla feliz con cualquier decisión que tome, incluso si eso implica hacerla pasar por un mal momento debido a la inseguridad social que se vive actualmente en las calles.
Opté por no ir. Era mi última oportunidad para empezar algo que realmente creo que va a hacerme bien. Pero Paula se sonrió al saber mi respuesta y eso me frustró aún más. Parece que de alguna manera proyectiva, la poca sinceridad en el diálogo y duda constante que le trasmito a ella, es provocadora de una inmensa represión en ambas. Vivimos juntas, creemos saberlo todo una de la otra, pero aun así no sabemos reamente nada de lo que anhelamos para nuestro futuro. Y de todas maneras insistimos en armar un camino dentro de la estabilidad de un proyecto a largo plazo. Ambas fingimos.
Luego de todo lo que parecía estar decidido, Paula me recordó:
-Mañana tenemos que ir a conocer a la hija recién nacida de la ex novia de mi hermano.-
Yo recordé que debía ir a cortarme el pelo.
Me fui de casa saludando con el despecho en la mano y haciendo notar mí frustración como si la culpa de mis indefiniciones de lo que realmente quiero hacer, fueran sólo decisiones que debiera  tomar Paula. Ella lo notó.
La peluquería estaba cerrada de modo que volví antes de tiempo. Tenía ganas de sentarme a escribir, a relajar un poco mi cerebro ahuecado de preguntas estúpidas. Necesitaba aprovechar la inspiración que estos días se respira en el aire dentro de éste departamento.
Paula estaba nuevamente usando mi notebook…o, mejor dicho,” mi herramienta de inspiración”. Al verla tan cómoda acostada sobre el colchón del suelo, fumando frente a la computadora como si nada más importase, me alteré sin poder evitar hacer un comentario totalmente desubicado sobre el uso y los turnos que debíamos establecer para usar “mi computadora”.
Una batalla nueva festejó la desidia de un día que estaba próximo a acabar.
Nos pedimos mutuamente respeto, al mismo tiempo que no dejábamos de ensuciarnos la boca con insultos y recriminaciones.
Lo más doloroso fue lo que seguramente para Paula fue inofensivo: “Mañana no vamos una mierda a almorzar a la casa de la ex de mi hermano. Hasta que las cosas no estén bien entre nosotras yo no te presento a nadie de mi familia.”
Me sentí ofendida y me defendí desde mi alto pedestal de intelectual y soberbia señalando las palabras vulgares que utilizaba para referirse a mi persona. Y arremetí diciendo: “Ya que me contaste que esa mina que mañana supuestamente voy a conocer es tan canchera… ¿por qué no hablás con ella de ese modo? ¡A mi trátame como a una mujer!”
Sé que pondrá excusas para que mañana conozca a su familia, incluso si las cosas se arreglan entre nosotras.
Hice el intento pidiéndole que tratáramos de volver a estar tranquilas. Pero no funcionó. Paula necesita su tiempo para sentirse ofendida, agraviada y maltratada porque generalmente suele ser la víctima, pese a que los insultos y las peleas las armamos cuidadosamente juntas.
Me di un baño mientras lavaba la ropa a mano adentro de la ducha y me lamentaba por mi estupidez. Por mis fracasos en todas y en cada una de las áreas de mi vida…Luego me acerqué a darle un beso pero su indiferencia me sobrecargó aún más de dolor; y el dolor duele ser el generador de la miseria que luego se concreta con una discusión más.
El final puede que esté cerca…, aun no lo sé…Solo desearía volver el tiempo atrás, o en cuyo caso si fuera posible, tener la suficiente paciencia para bancarme una derrota más, y con ella hundirme completamente en el agujero oscuro del autoflagelo que estamos construyendo.
Debería comprender a Paula, ella también quiere estudiar en un Instituto de música y cree que no va a ser posible éste año. Calculo que mis oportunidades y la duda que me lleva a no realizar lo que se supone que quiero hacer le provocan mucha impotencia.
No sé cómo actuar…


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